Todos hemos escuchado alguna vez la frase “cuesta lo mismo hacer las cosas bien, que hacerlas mal”. Yo, infinidad de veces, porque es una de las sentencias favoritas de mi padre.

Algunos, pocos, saben que uno de mis primeros trabajos consistió en ir a la obra a ayudar a mi padre como peón de yesero (allí decidí que los trabajos manuales no son lo mío, pero eso es otra historia). Mis funciones consistían casi siempre en cargar sacos de 20 kilos, mover puntales (una vez con consecuencias bastante negativas para uno de mis dedos pulgares) y, principalmente, limpiar.

Yo siempre he sido una persona inquieta, un poco obsesionada con acabar una cosa para pasar a la siguiente. En aquella época, este rasgo era mucho más acusado. Imaginaos qué cuidado podía ponerle mi yo adolescente a rascar los restos de yeso de suelos, rodapiés y herramientas.

Como era de esperar, hacía el trabajo rápido y mal. La consecuencia inevitable era siempre la reprimenda paterna, mi propio fastidio y volver a empezar con aquellas tareas insidiosas. Debo decir, para ser completamente honesto, que ni así llegué a hacer nunca bien ese trabajo.

Ahora me enfrento a retos y tareas que me satisfacen mucho más. Sin embargo, sigo teniendo la tentación de intentar liquidar un trabajo rápidamente para pasar al próximo. La diferencia radica es que con en tiempo he llegado a convencerme de que hacer las cosas mal, en realidad, cuesta más que hacerlas bien.

La voluntad de lo definitivo
Foto por Unhindered by Talent.

Parece que aquello que hacemos mal o a medias, vuelve a aparecer y, con mucha frecuencia, presentando un reto o dificultad mayor. El precio a pagar, si eres una persona mínimamente responsable, es retomar desde el principio aquello que ya podías haber terminado. Si no lo eres, y decides dejar las cosas mal o a medias, el precio que pagas suele ser en reputación.

Entonces, ¿qué podría motivar hacer las cosas mal en vez de hacerlas bien? En mi caso, yo he descubierto dos razones:

La primera de ella es la pereza. Decido que esa decisión o tarea es impropia de alguien de “mi categoría” (por favor, nótense las comillas cargadas de sarcasmo) y eso me lleva a postergarla porque, al fin y al cabo, yo que soy “un auténtico artista” puedo resolver cuestiones de tal índole en un santiamén (o en un periquete que, para el caso, sirve lo mismo).

La segunda parece estar relacionada con el miedo a afrontar aquellas cuestiones que desconozco o, por cualquier otro motivo, me hacen sentir inseguro (esto, claro está, no lo reconoceré nunca, ni tan siquiera en presencia de mi abogado).

En el primer caso, la realidad (que siempre nos atrapa) es que tal decisión o tarea se pierde en las arrugas del tiempo para reaparecer de la forma más inesperada y, a veces, desagradable. En el segundo caso, el problema que rehusamos afrontar se agrava con el tiempo y hace que cada vez necesitemos una mayor voluntad para afrontarlo.

Para evitar cualquiera de las dos cosas, he descubierto que la mejor forma de afrontar cualquier decisión o tarea (importante) consiste en aplicar lo que llamo (quizá de forma un tanto presuntuosa) como “voluntad de lo definitivo”. Cuando desempeño una tarea o tomo una decisión lo hago, siempre que puedo, intentando que el resultado sea final e inalterable.

Sé perfectamente que pocas cosas en la vida son definitivas. Al mismo tiempo, pero también he descubierto que, si tengo que regresar a un tema, prefiero que sea para avanzar en vez de para retroceder.

Dejadme que robe una historia, extraída de “El Zahir” de Paulo Coelho:

“Un día un hombre decidió preguntar a un jefe de estación cuál era la distancia entre dos raíles. “143,5 centímetros” – dijo orgulloso – “4 pies y 8 pulgadas”- continuó.

El hombre le dio las gracias y se fue intrigado. “¿Por qué 143,5 centímetros? ¿4 pies y 8 pulgadas?” – pensó – “No tiene lógica. 145 centrímetros o 144 pies tendría mucho más sentido. Una cifra fácil de recordar.”

“Obsesionado con la idea, empezó a preguntar por el origen de esa medida y descubrió lo siguiente:

Las vías miden 143,5 centímetros porque es el espacio que hay entre las ruedas de un tren.

Las ruedas de un tren tienen una distancia de 143,5 centímetros porque los primeros trenes se construyeron con las mismas herramientas y las mismas distancias que se usaban para los carruajes.
Las ruedas de los carruajes guardaban esa distancia porque los caminos tenían una anchura de 143,5 centímetros.
Los caminos tenían esa anchura porque 143,5 centímetros era el espacio que ocupaban dos caballos de guerra puestos uno al lado del otro en la época de los romanos que fueron quienes construyeron los primeros grandes caminos en Europa”.

“Pero ahora ya no somos romanos, ni vamos en carruaje, ni utilizamos caballos pensó. Ahora construimos transbordadores espaciales que todavía deben respetar esas medidas porque deben ser transportados sobre trenes que una vez fueron construidos con herramientas para carruajes que fueron por caminos diseñados por los romanos”.

raíles
Foto: helena.40proof

Cada día más, me voy dando cuenta de que nuestra vida está rodeada por raíles cuya separación fue fijada en un tiempo y con unas necesidades muy distintas. Y, sin embargo, cada día decidimos mantener esa distancia sin preguntarnos si existe otra que nos pueda servir mejor y si podemos cambiarla.

¿Es necesario trabajar 8 horas todos los días? ¿Eres más productivo si trabajas más horas? ¿Trabajar consiste en estar en la oficina? ¿Es mejor aquél que hacen todo lo que le piden?

Sin darnos cuenta, muchos de las normas que damos por sentado en nuestro mundo laboral provienen de un mundo de producción industrial donde el número de horas en la fábrica desempeñando una tarea equivalían a la productividad. En una sociedad de servicios esta equivalencia es más que cuestionable y, sin embargo, seguimos utilizando los mismos principios.

Es también en la época industrial donde, mediante los procesos de estandarización, empezó a ser muy importante crear modelos que crearan productos idénticos siguiento un proceso cerrado. Y esa misma estructura es la que aplicamos a la creación de productos y de empresas. Porque buscamos la certeza de que el resultado siempre será idéntico.

En nuestra economía cada vez tiene más importancia la personalización y la capa de servicio que añadimos al producto. A pesar de eso, nos empeñamos en diseñar planes y estrategias estáticos donde para cada cliente, para cada nuevo proyecto intentamos crear un plan que cumpliremos estrictamente y que nos conducirá al éxito.

Cada minuto está lleno de la necesidad de tener un plan y la certeza de que se cumplirá sin pensar que la mayoría de nuestros planes nunca se cumplió. Es más, olvidamos que las noches más inolvidables y muchos de los momentos que cambiaron irremediablemente nuestras vidas surgieron de otro reino fuera del alcance de nuestra previsión. No demasiado lejos, pero aun así inalcanzable, quizá exactamente a 143,5 centímetros de distancia.

Esta mañana, me ha sorprendido en la panadería el siguiente titular: “Ser emprendedor es casi misión imposible”.

Me ha sorprendido por el hecho que esta afirmación aparezca en la portada de una publicación gratuita. La realidad que describe me es sobradamente familiar. En estos tiempos donde parece que todos nos empeñamos en alimentar el “mito del emprendedor” (versión Silicon Valley), una afirmación tan contundente despierta la curiosidad.

Leyendo el artículo, he visto que se referían exclusivamente a la cantidad de trámites que hay que realizar para constituir una empresa. En España, afirman, la tramitación para la constitución de una empresa requiere una media de 47 días. Mes y medio, casi nada.

economia postergada
Foto: elbuco

Evitaré el error de comparar este periodo con otros países que conozco. Prefiero quedarme en el reino del sentido común. Si el primer objetivo de una empresa es desarrollar un servicio útil de valor que produzca ingresos y así generar trabajo y beneficios, empezar dedicando mes y medio al papeleo seguramente es empezar con mal pie.

Y aún así, esta parte es tan sólo un pequeño adelanto de lo que se puede encontrar un emprendedor en nuestro país.

Uno de ellos (espero comentar el resto en profundidad), es una cuestión puramente cultural. Consiste en el hábito que tenemos muchos de postergar los pagos por servicios que ya nos han prestado sin ser conscientes que con ello ponemos en marcha un círculo vicioso que afecta a toda la economía.

Como estuve un tiempo en el extranjero, una de las primeras cosas que me sorprendió al montar mi empresa aquí era que prácticamente todo el mundo pagase con retraso. Quizá tuve suerte en otros sitios, pero yo estaba acostumbrado a pagar y a recibir los pagos a los pocos días de recibir o generar la factura.

Para mí tiene sentido, si me compro una pera, la pago al momento. Sería bastante ridículo tener al frutero llamando a mi puerta cada dos días para recordarme que tengo pendiente el pago de una pera. “Por cierto” -me dice el frutero- “si puedes, échale un vistazo a la factura por dos manzanas que tenemos pendiente desde mayo”.

En España, sin embargo, todos queremos jugar al “financiero hábil” sin saber que así nos estamos perjudicando todos. Retenemos los pagos y, lo que es peor, obligamos a nuestros proveedores a tener que enviarnos recordatorios, tarea que además de ser bastante desagradable, consume un tiempo precioso de producción. Nuestros proveedores hacen lo mismo con los suyos y así continúa la rueda hasta el eslabón más débil: el autónomo.

De ese modo, vamos creando una economía postergada. Una economía del “sí ahora me lo miro, te lo pago el lunes”, sin que necesariamente ese lunes sea más que un día simbólico de una semana indefinida.

Lo peor de todo que esta rueda no la inician necesariamente las empresas pequeñas y con menos recursos, sino las empresas e instituciones que, en teoría, tienen más liquidez. Curiosamente, algunas de instituciones y empresas son exactamente las mismas que no cesan de promocionar el “espíritu emprendedor”.

Y aquí es cuando el bonito discurso institucional se encuentra con la realidad verdadera (perdón por el pleonasmo). Mientras por un lado vendemos la bucólica idea del emprendedor / innovador de éxito, en realidad tenemos a la generación más preparada de la historia en una interminable carrera de (innecesarios) obstáculos.

Cualquier reto siempre presenta dificultades e implica riesgos. Emprender, más que un reto, es una cadena de retos. Y sin embargo, por desconocimiento o inconsciencia, en su momento me creí que todo sería siempre tan fácil como al principio (todos los caminos al principio lo son).

Agora lo veo todo desde una perspectiva muy distinta y, sin embargo, sigo pensando que el riesgo merece completamente la pena. Y la capacidad de afrontarlo (ya sea por audacia o inconsciencia) es una de las marcas del emprendedor.

estrategia, riesgo, prudencia

En estos años voy entendiendo la diferencia entre el arrojo y la temeridad. Y lo que separa a un sustantivo de otro no es más que la prudencia, la capacidad de analizar los posibles escenarios antes de actuar. Sólo así se puede minimizar el riesgo e incrementar las posibilidades de éxito.

Si estás montando un proyecto y piensas que la competencia no importa, que los números se multiplicarán por sí mismos desde los primeros meses (aunque te encuentres en un entorno de crisis), si crees que las amenazas constituyen apenas un eco lejano e improbable, piénsalo de nuevo. Cualquier empresario o emprendedor te dirá que siempre hay obstáculos.

Estudiar los problemas con los que te puedes encontrar en cada momento y diseñar soluciones o por adelantado, es un gran ejercicio y te ayudará a enfrentarte con más garantías a situaciones inesperadas. Incluso la capacidad de reacción en situaciones de crisis se puede entrenar y eso nos permitirá arrostrar con más garantías aquellas situaciones que se interponen en nuestro desarrollo.

Está claro que nada garantiza que el devenir de los acontecimientos se ajuste a lo que nos hemos planteado pero es más fácil aprobar un examen o ganar una carrera si nos hemos preparado adecuadamente.

“Un Samurai que ha esperado tenerse que enfrentar con situaciones difíciles para aprender a salir de ellas no es ilustrado. Un Samurai que se preocupa por adelantado de todas las situaciones y soluciones posibles, es sabio. Será por lo tanto capaz de hacerle frente con brillantez cuando la ocasión se presente.”

Hagakure, El libro del Samurai

Últimamente, estoy metido en proyectos que me obligan a estar constantemente leyendo cantidades ingentes de información. Hoy, en la ronda de lecturas matutinas me he dado cuenta de la cantidad de posts que corren por la red titulados “5 motivos para”, “10 buenas razones por las que…”, “150 consejos para…”. Constituyen prácticamente un género literario digno de convertirse en tema de una tesis doctoral.

De ahí se me ha ocurrido la idea para este post estúpido que espero que sabréis perdonar. Apelo a vuestra magnanimidad y compasión ante una persona con exceso de ideas y carencia de sueño.

5 buenas razones para evitar escribir un post titulado “X buenas razones para…”:

1) Porque es mucho mejor explicar que convencer.
2) Porque esta razón la he copiado de otro post.

3) Porque la razón número 3 es de relleno.
4) Porque… ¿cuál era la razón número dos?
5) Porque, si de verdad necesitas convencer, con una sola buena razón es suficiente.

5 razones

PS: Dedicado a Patricia, Elma y Dani por recordarme que tengo que escribir más y que el buen humor siempre suma.

Hoy estaba revisando algunos posts que escribí hace más de un mes y la verdad es que los he tirado prácticamente todos (así de rápido se me quedan atrás las certezas).

Había escrito una serie de sobre el “elevator pitch” (el arte de generar interés para tu proyecto en lo que dura un viaje de ascensor) pero a estas alturas me da que es un tema al que ya le dan bastantes vueltas por ahí fuera como para que lo haga yo también. Intentaré simplificar.

Para mí, el elevator pitch es simplemente el arte de comunicar claramente y con honestidad estos puntos:

1) ¿Qué haces?
2) ¿Cómo lo haces (qué es lo que te hace diferente y valioso)?
3) ¿Por qué lo haces?
4) ¿Qué buscas o cómo te pueden ayudar?

El objetivo va mucho más allá de conseguir dinero porque en realidad se trata de encontrar a gente que “sintoniza” contigo y que está dispuesta a ayudarte. Preferentemente deberían ayudarte con algo que tengan en abundancia (experiencia, tiempo, dinero, conocimiento…). Quizá en el futuro explique el por qué.

No hay misterio. Contesta las preguntas y pon las respuestas a prueba una y otra vez hasta que te encuentres completamente cómodo con ellas.

p>Actualización: sobre este tema, recomiendo leer el post de Carlos Blanco: Reconocer errores.

En el proceso de emprender, y en general en la vida, hay pocas cosas seguras. Pero si podemos tener alguna certeza es que, tarde o temprano, nos equivocaremos.

Sea cuál sea la fuente de nuestro error, también podemos estar seguros de que afectará las personas a nuestro alrededor.

A veces, estamos tan metidos en nuestra actividad, que no somos conscientes de nuestras equivocaciones. Pero si descubrimos una equivocación, es tremendamente importante saber pedir perdón. Y esa es una lección que a mí me ha llevado tiempo aprender pero que también considero de las más valiosas.

Estamos en una cultura que penaliza el error hasta tal punto que muchas veces nos dejaríamos romper un brazo antes de reconocer que nos hemos equivocado. Detrás de eso, se esconden muchas inseguridades. Creemos que como líderes tenemos que ser infalibles y que, si erramos, nuestra credibilidad sufrirá. Pero, en realidad, sólo tenemos que ser infalibles en nuestra voluntad de ser justos.

Pedir perdón es una lección de humildad, de que somos exactamente iguales que las personas que trabajan a nuestro lado (y nuestros clientes también están en ese grupo).

Pero el perdón también tiene que ir dirigido a nosotros. Sólo así reconocemos que todavía tenemos cosas que aprender. Sólo así podemos empezar a relativizar nuestras equivocaciones y a buscar las soluciones que nos ayudarán a mejorar. Sólo así podemos evitar cometer dos veces el mismo error.

Saber pedir perdón cuando sabemos que nos hemos equivocado (y sólo entonces) es una herramienta terriblemente útil para crear un ambiente de trabajo constructivo. Evitaremos que se empiecen a camuflar o a “traspasar” equivocaciones y eso, aunque nos queramos engañar, alimentará un conflicto que explotará en algún momento.

Nos han enseñado que, pidiendo perdón, nos hacemos pequeños. Pero en realidad es lo contrario. Pedir perdón sinceramente y mirando a los ojos requiere mucho coraje y mucha seguridad en uno mismo.

Permitidme que esta vez me vaya (un poco) de tema para hablar de una de las noticias de la década (según mi punto de vista): la filtración de miles de documentos confidenciales del gobierno de EEUU a través de WikiLeaks.

Hace unos meses mi amigo Humberto Schwab, físico y filósofo, dijo la siguiente frase en una de nuestras conversaciones: “en el mundo que viene, nadie podrá ocultar nada”.

Yo hace tiempo que estoy convencido de que será así. Sin embargo, no me imaginaba que esa frase se iba a convertir en realidad de una manera tan rotunda y brutal. Si el gobierno más poderoso del mundo no puede evitar la publicación de sus secretos, nadie puede.

Las consecuencias definitivas están por ver. Sin embargo, aplicando el sentido común me imagino que la filtración como mínimo provocará muchos resquemores personales y una crisis importante de confianza en los representantes del Gobierno de Estados Unidos. En cualquier caso, será muy interesante ver qué ocurre.

Por otra parte, los políticos inteligentes se darán cuenta además de que a partir de ahora tendrán que ser mucho más cuidadosos con sus palabras en cualquier contexto y la forma de conseguirlo es tender a incrementar tu coherencia personal.

Saber y hacer

30 oct
2010

¿Puede un filósofo crear una empresa con éxito en Internet?

Esta pregunta tiene un especial interés para mí. Carlos Blanco me ha acusado con frecuencia de “filosofar demasiado”.

Y, de nuevo, le tengo que dar la razón a Carlos porque muchos de mis amigos me dicen que yo, de espíritu, soy filósofo. Me encanta el conocimiento, tanto recopilarlo como distribuirlo y a eso consagro mi vida.

Probablemente, yo podría haberme quedado en el mundo académico y alcanzar un éxito relativo. Siempre me ha gustado transmitir conocimiento y, últimamente, disfruto inmensamente ayudando a los demás a descubrir el conocimiento del que ya disponen.

Sin embargo, recuerdo perfectamente el cuando hace 10 años estabando la universidad y me prometí que nunca me convertiría en un “profesor de manual”, de aquellos que sólo conocen la vida desde la teoría.

Seguramente por eso acabé convirtiéndome en empresario (aunque entonces no recordaba que era parte del plan inicial). Es a través de esta experiencia que he descubierto que saber y hacer son cosas muy distintas. Eso es verdad hasta el punto que hasta ahora, mi vida como emprendedor se podría resumir bastante bien con esta frase: “grandes ideas, pobre ejecución”.

Pues bien, esto me lleva al tema del artículo. Como en tantas otras cosas, me doy cuenta que todos los emprendedores estamos en el camino del “saber hacer”.

Pero vayamos a un ejemplo concreto. Todos hemos ido alguna vez a una charla o congreso. ¿Cuántas veces hemos oído (incluso dicho) la frase “pues no han explicado nada que no supiera”?

Yo creo que tendría que aparecer una nuevo perfil de profesional que se dedicara exclusivamente a hacernos la siguiente pregunta cada vez alguien dice esta frase: “Ya, ¿pero lo estás haciendo?”

Todos (sin excepciones) sabemos siempre lo que tenemos que hacer, pocos son los que lo hacemos. Entre unos y otros hay un montón de “peros”, excusas y de veces en las que repetimos la frase “es difícil”.

Sin embargo, cada vez que me encuentro con empresarios cuyas empresas funcionan suele aparecer la frase: “en realidad es muy fácil”. Sencillamente, te tienes que obligar constantemente a salir de tu inercia o como diría Didac Lee, a salir de “tu zona de confort”.

Pero, ¿cómo superamos la barreras entre el saber y el hacer? .

En realidad es mucho más sencillo de lo que parece. En primer lugar, nos tenemos que recordar constantemente lo que queremos hacer (en otro post hablaré de la utilidad de las checklist).

En segundo lugar, tenemos que obligarnos a evitar las excusas.

El resto es fácil, cuando hagamos suficientes veces aquello que queremos hacer (saber simplificar, escuchar, descansar, saber exigir, valorarnos, delegar, ser humilde, etc.) pasará a formar parte de nuestro comportamiento y ya no tendremos que esforzarnos para conseguirlo.

Fotos:
Querer, hacer de Enrique Serrrano

Asumiendo un reto

27 oct
2010

Hace ya más de dos meses publiqué un cuento llamado “El optimista imprudente” como forma de explicar un estado por el que pasamos muchos emprendedores.

En esta fase, todos solemos pecar de un cierto “optimismo imprudente”. Nos cuesta realizar una evaluación calmada de los riesgos y retos que nos encontraremos con el camino y mostramos una actitud tremendamente defensiva ante cualquier crítica. Para reconocer este estado, en su momento desarrollé unas preguntas de autodiagnóstico que ahora publico aquí:

1. ¿Cuando piensas en la tarea que tienes por delante, sientes sensación de vértigo?

2. Cada vez que recibes una crítica ¿te tomas un segundo de silencio para evaluarla?

3. Cuando respondes, ¿lo haces de forma calmada o notas que hay un componente emocional?

4. ¿Tienes alguna de estas variantes de estos pensamientos cuando explicas tu proyecto?: “no puede entenderlo”, “no tiene ni idea”, “qué vas a saber tú”.

Y aquí van las claves:

1. Sentir vértigo, en realidad, es bueno. Significa que somos conscientes de que los retos nunca son fáciles y que, de algún modo u otro, vamos a cambiar nuestras vidas y dar un salto. La magia está en conseguir controlar el vértigo y convertirlo en determinación.

2. Hay que escuchar siempre. Cada opinión nos sirve para poner a prueba lo seguro que estamos de nuestras ideas y puede darnos pistas acerca de posibles problemas y oportunidades. En ese proceso, debemos aprender a potenciar las críticas constructivas y descartar las críticas destructivas.

3. Si reaccionamos emocionalmente ante una crítica es que, en el fondo, no estamos seguros. La emoción es una gran herramienta para motivar y hacer que las cosas ocurran. Cuando evaluamos y detectamos riesgos, estamos en el terreno de la razón y, cuando estamos realmente seguros de algo, siempre podemos responder de forma calmada y centrada.

4. Tu trabajo es poder explicar tu proyecto a cualquiera. Esa es una de las partes que más me gustan del proceso. En ella hay una belleza implícita. Para que un proyecto funcione, hay que tomar una idea difusa y trabajarla hasta que esté tan clara que sea muy fácil explicarla. Sólo tienes realmente claro tu proyecto cuando puedes hacer que cualquier persona, en cualquier circunstancia, lo entienda.

En mi propio proceso, he descubierto que el error es algo natural y positivo siempre tengamos presente nuestro objetivo. Debemos probar diferentes soluciones hasta dar con aquella que nos permite solucionar el reto. No tiene nada de extraordinario, es sencillamente la forma cómo los humanos aprendemos.

Cuando te has equivocado suficientes veces por ser demasiado “optimista imprudente” acabas descubriendo que existen unas claves básicas para afrontar cualquier reto. Para simplificarlas lo resumiría en un estado de ánimo que se defino como tener perspectiva y determinación.

Tener perspectiva nos permite evaluar con perspectiva y de forma calmada los retos y dificultades con la que nos iremos encontrando, además de las propias carencias.

Tener determinación significa estar preparado para aprender, cambiar y hacer lo necesario para conseguir nuestro objetivo. También implica asumir la responsabilidad de las victorias y los fracasos con los que te encontrarás.

A nivel práctico y, a la hora de emprender, estar centrado puede significar asumir que es muy probable no tener entradas de dinero en tu empresa durante un periodo de entre 6 y 12 meses y que necesitas acumular recursos para poder trabajar durante ese tiempo con tranquilidad, yendo paso a paso pero siendo constante.

Tener determinación implica estar preparado para salir a vender tu idea y tu producto, intentar convencer a la gente que puede sumar a tu proyecto y saber que, probablemente, orirás muchos “no” antes de oír tu primer “sí”.

Para acabar una frase y un cuento. La frase igual la vi en Facebook pero resume perfectamente todo lo que he explicado:

“El valiente no es aquel que no tiene miedo. Es el que se enfrenta a él.”

Y el cuento, es el motivo por el que este post se ha retrasado tanto (empecé a escribirlo a finales de agosto). Algunas cosas es complicado explicarlas de forma racional por eso me permito el lujo de explicarlas también en forma de narración. A los que os interese, espero que lo disfrutéis: Edoén y el dragón

top