En la escuela no se aprende

En la escuela no se aprende

Al alcanzar una determinada edad, muchos de nosotros miramos atrás a nuestros años de estudiante y nos preguntamos perplejos ¿qué es lo que aprendí en todas las interminables horas de clase?

Por supuesto que aprendí algunas cosas importantes: leer, escribir, matemáticas… Todos esos conocimientos han sido esenciales en mi vida. Mi perplejidad no viene de ahí sino de preguntarme si la cantidad de horas que invertí en el colegio, el instituto y la universidad realmente ha justificado los conocimientos que tengo hoy, cuando estoy realmente cerca de la cuarentena.

Recientemente he empezado a ver Cosmos, la actualización de 2014 de la serie homónima de Carl Sagan. Esta serie posee el poder de hacerme viajar a la niñez, cuando todavía quería ser astrónomo y me pasaba horas intentando enfocar alguna estrella con el telescopio del Astronova que me regalaron mis padres en las frías noches de invierno.

En aquella época tenía una pasión real por aprender. Recuerdo muy vívidamente como más de una vez mis profesores me preguntaron dónde había aprendido algo que todavía no habíamos estudiado y cómo, lleno de vergüenza, contestaba que “lo había leído por ahí”. En realidad, mi conocimiento venía de algún artículo perdido sobre ciencia que de vez en cuando aparecía en el “Pronto” (revista que mi madre compraba cada semana).

Fue entonces cuando la escuela le dio el primer mazazo a mis ganas de aprender. Una semana, me enteré que en clase de ciencias naturales íbamos a hablar de astronomía. El día correspondiente, llevé a clase las fichas de planetas de mi Astronova realmente emocionado. ¡Por fin, iba a aprender algo realmente interesante! Ese día trajo consigo una de las mayores decepciones de mi vida: los misterios del universo dieron apenas para una aburrídisima hora de clase. Lo peor para mí fue la constatación de que, con doce años, yo sabía más y tenía más interés en ese tema que mi profesora.

De la escuela pasé al instituto y de ahí a la universidad. Y con cada cambio pensé “ahora seguro que voy a aprender de verdad”. Y cada vez la decepción fue un poco mayor. En segundo de carrera dejé prácticamente de ir a clase cansado de la mayoría de profesores (afortunadamente no todos) que simplemente se dedicaban a repetir un manual. Al fin y al cabo – pensé –  el manual puedo leerlo yo mismo… y mucho más rápido.

En el episodio de Cosmos que he visto hoy, aparecía el científico árabe del siglo XI, Ibn al-Haytham, explicando los fundamentos de lo que luego acabaría conviertiéndose en el método científico. En ese momento, me he dado cuenta de que los fundamentos de la escuela tal como la conocemos realmente son completamente inadecuados para fomentar el aprendizaje.

Cómo la ciencia nos enseña a aprender

Con todas sus fallas y defectos, la ciencia ha mostrado ser el camino más fiable que ha encontrado la Humanidad para aprender. Es a través de la ciencia que los seres humanos hemos adquirido conocimientos y capacidades impensables hace tan sólo un par de siglos. Esos mismos conocimientos nos han permitido pisar la Luna o reemplazar órganos vitales para salvar la vida de una persona.

Si la ciencia es el método más fiable que hemos descubierto para aprender, uno debería pensar que la escuela debería basarse exactamente en los mismos principios. Nada más lejos de la realidad, la escuela actual funciona sobre pilares que se oponen directamente a algunos de los fundamentos de la Ciencia.

La conciencia de ignorancia y la curiosidad son la base de todo conocimiento genuino. Sólo cuando aprendemos a descubrir aquello que  desconocemos, estamos en disposición de aprender. Con cada examen, aprendimos que reconocer nuestra ignorancia penalizaba siempre. Aparentar que sabíamos la respuesta, siempre podía darnos algún punto. La consecuencia es que fuimos acumulando pequeñas lagunas de desconocimiento que han ido creciendo como una bola de nieve con los años. Aprendimos a aparentar un conocimiento y capacidad que, privados de la capacidad de articular naturalmente un “No lo sé”, se han convertido tan sólo en un saber ignorante.

Nullius in Verba es el lema de la Academia Nacional de la Ciencia del Reino Unido y significa “no aceptes la palabra de otro”. Este lema representa una de las bases principales del método científico: cuestiona y pon a prueba los conocimientos por tí mismo. Descubre si todavía son válidos y explora más allá. No aceptes un conocimiento simplemente porque lo dice la autoridad, ya sea el profesor, la televisión o Wikipedia. Sé curioso y crítico y piensa por ti mismo. Aprende a preguntar.

El tercer pilar de la ciencia actual es la publicación de cualquier nuevo conocimiento o conclusión para que pueda ser revisada por otros. Sólo a través de los otros podemos alcanzar unas ciertas garantías de que nuestro conocimiento no está marcado por alguno de los muchos sesgos o prejuicios con los que venimos equipados de serie. Es la comunidad y no el individuo el que acaba validando un conocimiento.

En la escuela actual sin embargo, sigue siendo válido el principio de autoridad. El conocimiento “bueno” es el que transmite el profesor. Más tristemente, el conocimiento sigue siendo tratado como algo puramente individual y se proporcionan pocas oportunidades para generar conocimiento colectivo, donde aprender a cuestionar y explorar conjuntamente para descubrir y aprender.

Afortunadamente, existen profesores que aman el conocimiento. Profesores que con un esfuerzo heroíco se ocupan de enseñar a aprender, luchando cada día contra el desgaste que supone tener todo un sistema en contra. También esos profesores han aparecido en mi camino y a ellos les doy todavía las gracias de lo poco que he aprendido hasta ahora.

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