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“No lo sé” y el tabú de la ignorancia

¿Por qué es tan díficil decir algo tan sencillo como lo siguiente?: “No lo sé”. A mí me ha llevado unos 36 años de vida y 10 como empresario para aprender a decir esta frase con una cierta naturalidad. Y ojalá lo hubiera hecho mucho antes. Me habría ahorrado muchos problemas innecesarios.

Justo hace 10 años puse en marcha mi primera empresa con dosis de ilusión, atrevimiento e inconsciencia a partes iguales. Es decir, con las características habituales de la mayoría de emprendedores noveles.

Hace 10 años creía que sabía algo sobre cómo montar un proyecto de éxito. Me creía incluso capaz de construir una empresa que, además de funcionar, mejorara el mundo. No tenía ni idea de lo que me esperaba (mejor así porque entonces seguramente no habría empezado nunca este camino).

En diez años he aprendido algunas cosas. La más importante de ellas son los enormes límites de mi conocimiento.

En este periodo he aprendido unas pocas cosas importantes, la mayoría de ellas a base de golpes. Sin embargo, a veces me miro en el espejo y me pregunto “¿y ahora? ¿sabes cómo crear una empresa que funcione?”. Con algo de perplejidad, me devuelvo la mirada y me digo: “No lo sé”.

¿Por qué es tan difícil reconocer que no sabemos algo?

Pero volvamos al origen, ¿por qué es “no lo sé” probablemente una de las frases más difíciles de pronunciar? Según los psicólogos, el motivo principal es que tenemos aversión a la incertidumbre (1).

Desconocer algo nos produce incomodidad e incluso miedo. Por eso intentamos de forma casi automática buscar una explicación a cualquier situación que no podemos entender o catalogar. Así aliviamos el estrés que nos produce la incertidumbre. También es la fuente de la que nacen los mitos (antiguos y modernos) y también la fuerza que ha movido a pensadores y científicos a buscar respuestas.

El tabú de la ignorancia

Ciertamente, el recorrido de la raza humana hubiera sido muy corto si hace miles de años nos hubiéramos dedicado a encogernos de hombros cada vez que no sabíamos algo e irnos tranquilamente a dormir la siesta a nuestras cavernas. Son las mujeres y hombres de la prehistoria que sentían la necesidad imperiosa de encontrar la respuesta a cómo domar el fuego o replicar la rueda los que nos han llevado hasta aquí.

Pero como la mayoría de las cosas de la evolución, un patrón o característica útil, se va potenciando a lo largo del tiempo hasta que llega el momento en el que se vuelve inútil. Con el paso de los siglos, la necesidad de encontrar la respuesta se ha transformado en la obligación de ocultar la ignorancia.

Desde pequeños aprendemos que no saber algo está mal, terriblemente mal. En mi vida como estudiante nunca me premiaron por reconocer que desconocía algo. Una respuesta en un examen con un “no lo sé” era un 0 automático. Una respuesta elaborada, quizá confusa, que se pareciera en algo a lo que esperaba el profesor siempre te podía dar puntos. Nada extraño, por tanto, que en la vida profesional repliquemos este mismo patrón y elaboremos respuestas cuando no las tenemos.

Respuestas para todo

Uno de los males inevitables del tabú de la ignorancia en las empresas y particularmente en las start-ups es el síndrome de las “respuestas para todo”. La necesidad imperiosa de dar una respuesta a todo, sea lo que sea.

Cualquier empresario o inversor con experiencia sabe que es prácticamente imposible haber previsto cualquier contingencia de un negocio. De la misma forma, saben que una persona con “respuestas para todo” lo único que hace es cubrir nuestra inseguridad, probablemente causada por la inexperiencia. Alguien que ya ha pasado por este proceso sabe que lo importante no es tener la respuesta sino tener confianza en encontrarla.

Querer aparentar competencia y conocimiento no es malo. Sin embargo, si se perpetúa a lo largo del tiempo, puede ser la causa de cometer una y otra vez el mismo error. Entre otras cosas, porque una vez que aceptamos una explicación a un fenómeno, tendemos a creer en su validez en ella aunque aparezcan pruebas que indiquen lo contrario (un fenómeno conocido como “sesgo de confirmación”).

El arte de encontrar respuestas

Cuando montas una empresa de repente te das cuenta de que las respuestas que las respuestas no se tienen. Las respuestas se buscan y, a veces, se crean.  Ahí reside la belleza del camino del emprendedor.

Fuentes, contenido recomendado sobre este tema:

Publicado en Aprendedor Emprender Psicología de emprender

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