Trabajar sentido

Cambiando el rumbo

Toda vida tiene sus encrucijadas. Cada vez que nos encontramos ante una de ellas, tenemos la oportunidad de detenernos un momento y elegir el camino.  A menudo, continuamos por el mismo sendero. Caminamos tan absortos que ni tan siquiera advertimos la posibilidad de cambiar de rumbo.

Pero algunos eventos nos obligan a levantar la cabeza. Yo llegué a uno de ellos hace apenas unos meses con la decisión de formar una familia.

La responsabilidad y el privilegio de traer nueva vida al mundo me revelaron un miedo que desconocía: el miedo de disolverme, de tener que renunciar a muchos de los sueños que me han traído hasta aquí.

¿Es justo lastrar una nueva vida con semejante sacrificio? ¿Obligar a tus hijos a vivir la vida a la que has renunciado tú? En absoluto.

Entonces decidí que mi familia se merecía el mejor padre en el que yo me pudiera convertir. Un padre, que en lugar de renunciar a sueños, se esforzara en hacer realidad tantos de ellos como fuera posible.

En los meses previos a esa decisión había sido infeliz en mi trabajo. Apenas la rutina y el sentido de la responsabilidad me llevaban a la oficina.  Por más injusto que pueda sonar, me sentía atrapado en una empresa que fundé yo mismo.

Durante unos meses me debatí casi cada día en la duda de si debía empezar de cero.  Por infeliz que fuera, había conseguido un trabajo que me proporcionaba un sueldo cada mes y que tampoco me exigía demasiado.

¿Qué ocurriría si al final resultaba que mi decisión era sólo el fruto de la insensatez y el egoísmo? Me pasé muchas noches preguntándome si mis dudas eran el simple fruto de la inmadurez. “Agradece que tienes un trabajo porque hay muchos que no lo tienen”. La frase se repetía en mi mente una y otra vez.

Otra parte de mí me llamaba cobarde, “sólo buscas excusas para evitar hacerte responsable de tu vida y tus decisiones”.

Pero había un bebé que quería venir al mundo y eso inclinó la balanza. Equivocado o no, me resulta imposible renunciar a mi búsqueda un sentido en el trabajo, de trabajar con sentido.

Es posible que estuviera cometiendo un error pero la vida es movimiento. Si iba equivocarme quería que esta vez fuera en mis propios términos.

A finales de diciembre del año pasado, me senté con mi socio y le expliqué la situación. Él la entendió y compró mi parte de la empresa. Recuerdo que el vértigo se apoderó de mí pero el primer paso en la nueva dirección ya estaba dado.

Ese mismo día, mi hija, la pequeña que está por venir, decidió emprender su propio camino hacia la vida.

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