Reflexiones acerca de la economía de la atención

Ayer me tocó volar con Ryanair. Llevo una semana agotadora y antes de despegar me recosté en la ventanilla para intentar recuperar algo del sueño atrasado como suelo hacer siempre que vuelo (nada mejor que dormirse un par de miles de quilómetros).

Cuando el ronroneo del motor ya me arrastraba lentamente a un sueño seguro, algo me ha devuelto bruscamente al mundo de la vigilia. No se trataba de las turbulencias sino de una estridente voz femenina anunciando el servicio de catering del avión. Hasta ese momento nada fuera de lo normal así que regresé a mi posición de letargo. Sin embargo, cada vez que conseguía rondar los territorios de Morfeo, la voz regresaba como una maldición para vender cualquier cosa imaginable: bebidas alcohólicas, loterías, perfumes…. Entonces tuve una revelación que me golpeó como un martillo: “¡Dios mío!” – pensé- “¡Esto es un gran anuncio con alas!”.

Todo este preliminar sirve para ilustrar uno de los elementos clave para los negocios publicitarios en Internet: la economía de la atención.

Con la dispersión y atomización de las audiencias provocada por la ingente oferta de contenidos disponibles a través de Internet, las empresas tienen que devanarse los sesos cada vez un poco más para amasar audiencia a la que comunicar sus mensajes. ¡Qué nostalgía tendrán algunos de aquellos tiempos en los que la televisión y la radio tiranizaban (perdón, quise decir reinaban) en los hogares!

Por este motivo, en la última década se ha vuelto cada vez más valioso disponer de canales que consigan retener la atención de la audiencia y así poder comunicarles nuestro mensaje. La revelación experimentada en el vuelo me llevó a formularme la siguiente pregunta: ¿cuánto vale la atención de todos los pasajeros de una línea aérea teniendo en cuenta que no tienen forma de escapar a los anuncios (salvo llevar paracaídas lo que sería una forma muy original de hacer zapping)? ¿no sería un canal ideal para la economía de la atención?. El cansancio y un cierto aturdimiento causado por la voz de la azafata (que tenía la curiosa propiedad de clavarse en mis sienes) me llevaron a otras preguntas quizá todavía más estúpidas: ¿empezarán a medir las compañías aéreas a sus pasajeros como audiencia y no como clientes?, o peor, ¿cundirá el ejemplo y tendremos anuncios en todos los lugares donde quemamos horas y horas de nuestras vidas (estaciones, salas de espera, colas del INEM…)?

Sinceramente espero que no porque puede llegar a ser terrorífico (recuerdo un libro de ciencia ficción donde las personas tenían un chip implantado en la cabeza y diversos emisores les iban “enchufando” publicidad cuando caminaban por la calle). Y si al final el modelo se impone al menos que lo haga con voces más agradables. O quizá sea mejor que no, no sea que uno de estos días me descubra confuso con cinco botes de colonia, dos peluches y varias tabletas de chocolate en las manos porque se me ocurrió dormirme y la publicidad me marcó un tanto subliminal.

Actualización: hoy he estado en la RENFE y he comprobado, para mi disgusto, como además de las imágenes del anuncio que emiten en las pantallas de sus trenes de cercanías (donde nos cuentan maravillosos que son sus trenes) habían activado el sonido así que me he visto condenado a soportarlo todo el trayecto del tren. Teniendo en cuenta como funcionan los trenes aquí últimamente, además de incómodo me parece una broma de mal gusto. Pero, en fin, parece que las empresas van aprovechando también sus propios espacios “captadores de atención” para calentarnos un poco la cabeza. La que nos espera…