¿El trabajo o la vida?

¿El trabajo o la vida?

Nuestro tiempo vive atado al trabajo. Sus dominios se extienden mucho más allá de las horas que pasamos en la tienda, en la fábrica o en la oficina. El trabajo determina qué aprendemos, cuándo dormimos y con quién nos relacionamos.

Una parte importante del mundo tiene más recursos, seguridades y comodidades de las que nunca habíamos podido soñar. Y a pesar de eso, precisamente en los lugares donde éstos más abundan, es donde más proliferan el estrés y la depresión. ¿Por qué?

Nos prometimos más descanso y más tiempo y, sin embargo, simplemente hemos creado más necesidades. ¿Somos más o menos esclavos del trabajo que en otras épocas?

Crecí con la creencia de que si nos esforzábamos, podíamos conseguir casi cualquier cosa: entre ellas, construir un mundo mejor. Sin embargo, ahora que los primeros de mi generación se van acercando a los cuarenta, nos hemos dado cuenta de que todo este trabajo apenas nos está sirviendo para vivir sólo un poco peor que nuestros padres.

La economía actual necesita trabajos remunerados. Sin trabajo, no hay sueldo. Sin sueldo, no hay consumo y sin consumo la economía se marchita en espiral descendente. Es por eso que lo esencial es encontrar algo por lo que nos paguen.

Existen muchos trabajos con sentido, algunos de ellos remunerados y muchos otros no. Cuidar y educar a nuestros hijos, protegerlos, crear una sociedad más justa, educada y pacífica, crear vidas más plenas y saludables, garantizar los recursos imprescindibles para la vida… El trabajo con sentido honra al milagro que es la vida misma haciéndola avanzar hacia el futuro.

Y, sin embargo, estamos creando un mundo donde los recursos esenciales están cada vez más comprometidos. En la época de mayor abundancia de la historia humana estamos dando lugar a la sexta extinción, la mayor desde la desaparición de los dinosaurios.

Y, en parte, no tenemos la culpa. Justo ahora nos hemos dado cuenta de que tenemos un pequeño defecto de fábrica: estamos programados para preferir el beneficio inmediato al riesgo a largo plazo. El mismo mecanismo que nos hace fumar otro cigarrillo, beber o comer de más a riesgo de incrementar las probabilidades de una enfermedad en el futuro nos lleva a dar más valor y pagar a alguien que fabrica digamos, cigarrillos, que proporcionarle esos recursos a alguien dedicado a reducir o controlar la contaminación. Afortunadamente, ahora nos estamos dando cuenta de nuestras debilidades. Quizá estemos todavía a tiempo de corregirlas.

Ilustración: Designed by Freepik

ComparteEmail this to someoneTweet about this on TwitterShare on Facebook31Share on StumbleUpon0Share on Google+0Share on Tumblr0Share on LinkedIn0Print this page