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La pérdida de un texto

Hoy me he dado cuenta de que, por error, borré una serie de textos que había estado escribiendo después del verano. Y después la sensación de vacío, de ese trocito de yo que se te fue al limbo de los bits y todo porque descuidado le dije a mi ordenador «mira, estos trocitos de alma me los transformas en espacio libre, en aire».

Cambiaría con gusto tres días intrascendentes de mi vida por otros tantos textos escritos por mí. Porque esas pequeñas «fotografías del alma» como las empecé a llamar cuando tenía 14 años me regalan mucha más vida que otros miles de momentos. Los textos son lo que yo era en ese momento, un alma objetivada en letras que sólo yo puedo interpretar, la clave que ilumina un trocito de mi alma y me hace viajar en el tiempo y en los sentimientos. La llave que me coloca en el vórtice de mi vida y me hace pequeñito ante mí, que me coloca ante el espejo del tiempo y de los yos múltiples, que siempre fueron yo. Y me veo, veo al Alberto niño e inseguro, al ambicioso, al ególatra, al sereno y también al hombre maduro y al anciano con algo de sabiduría que quizá seré.

En esos textos que ahora son aire hablaba sobre el significado del silencio. Me reflejaban en la noche de mi espejo con esa música con la que el mundo te cubre los hombros cuando todo funciona, con la llama de una vela en mi pupila y en el espejo y en el infinito. Esa llama de una media cara que fui yo esa noche escuchando el mar desde mi ventana, ese que ahora está embravecido y frío, y que entonces era el mismo espejo manso en el que me sumergía y flotaba mirando a la luna y a las estrellas. Ese mar que me abrazaba al ritmo de la música del universo en esa soledad que no lo es, porque te desvaneces, porque olvidas que tu ser acaba en tu piel y tus nervios y te conviertes en el viento y el agua y la noche que te rodean, que te arrullan y te dicen que siempre has sido ellos aunque a ti se te olvidara.

Ya en la playa, hablé del silencio compartido, de ese que construyen tus pies acariciando la arena, tu respiración calmada y tu mirada tan profunda. Ese silencio que nos habla del infinito y de que, aunque efímero, nada hay más sólido y más real que ese momento. Ese silencio que me abre las ventanas de tu alma, que me ayuda a comprender con sólo el roce de tus dedos en mi mejillas y que me descubren que, a pesar de los enfados que vendrán, somos uno y el mismo.

Publicado en Poesías

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