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El final del tránsito, capítulo I

Cuando Ascaén abrió los ojos, no supo donde se encontraba. La imagen borrosa de un cielo metálico se iba definiendo poco a poco y él sentía un frío terrible en sus huesos. Dolor. Al intentar moverse creyó por un momento que su cabeza iba a estallar y sólo entonces se dio cuenta que estaba tendido en el suelo. Una ola de dolor le atravesó la frente y le recorrió la columna. Sus pupilas se dilataron por un momento y sintió un gran vacío en el estómago. No se podía mover. Intentó ajustar su respiración y calmarse pero no podía reconocer el paisaje que le rodeaba o, mejor dicho, la parte que él podía ver y que eran apenas unas paredes interminables que se unían a un cielo opaco. En ese momento, él hubiera jurado que el mundo se abalanzaba sobre su cuerpo.

Tras el primer escalofrío decidió que su prioridad era tranquilizarse y no pensar. Respiró profundamente durante unos segundos intentando mantener su mente en blanco como ya había aprendido hace muchos años. Poco o a poco los contornos de su visión se fueron aclarando y el paisaje también. Descubrió que el día era mucho más luminoso de lo que había creído al despertarse y también más ruidoso. El sonido del ajetreo urbano empeoraba su dolor pero a él ya no lo importaba tanto, porque él en parte estaba fuera de su cuerpo y los pinchazos que seguro eran terribles le llegaban como ecos entumecidos.

Al cabo de unos minutos había recobrado completamente la serenidad y se sintió con fuerzas para incorporarse. Le costó un instante conseguir que su cuerpo reaccionara pero finalmente lo consiguió. El esfuerzo de quedarse sentado en el suelo le dejó jadeando. Era como si una plancha metálica le hubiera estado aplastando las costillas.

Repitió el proceso, no pensar, no estar allí, viajar más allá del dolor físico para volver y controlarlo, reunir fuerzas, levantarse un poco más.

Publicado en Relatos

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