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Reencuentro

Asdaén salía del vestuario con el pelo todavía mojado y los huesos doliéndole tras el partido. No había tenido su mejor día. Llevaba su portátil junto a la bolsa de deporte. Sin embargo, se encontraba animado y se dirigía a la salida del pabellón charlando animadamente.

Todos se fueron yendo y al final quedaron Eisnar y él hablando del sábado, de una barbacoa y de una fiesta. Era una buena oportuindad para quedar y a Asdaén le atraía la idea de celebrar el último fin de semana que le quedaba libre en Barcelona durante el próximo mes. Inevitablemente, hablar de la fiesta supuso hablar de las chicas, y las chicas en abstracto les llevaron a hablar de una chica en concreto. Desde hacía algún tiempo, Eisnar tenía una especie de relación itinerante por diversas ciudades europeas con una mujer. Se encontraban en París, en Milán, en Belgrado…
Eran una pareja de novela de entrega por capítulos en la que en los protagonistas encontraban reposo y hogar en los abrazos del otro sin importar donde estuvieran. A Eisnar le iba bien, todavía quería vivir su libertad y disfrutaba de las ventajas de la madurez, de una relación en la que las dos partes ya han sufrido desengaños, no esperan más de lo debido y saben apreciar las pequeñas joyas de la confianza mutua.

Asdaén comprendía perfectamente. Él estaba justo en el mismo lugar aunque para él no había ninguna mujer ni ninguna novela (bueno, quizá sí, pero Berlín queda tan distante después de tantos amores lejanos…). “Es normal” dijo al fin Asdaén “todos llegamos ahí después de recibir el gran golpe, el primer desengaño”. “Sí.” contestó Eisnar “Pero no te equivoques, el primer gran desengaño puede que no sea el último. A mis años llevo varios y el último ha sido el peor. Una historia terrible, terrible. La chica, Roena, era preciosa, perfecta, pero tenía tantos, tantos problemas”.

Las palabras surgieron de la boca de Einar como un hechizo y le de repente el mundo se desvaneció en los márgenes de la mirada de Asdaén. Sus ojos quedaron enfrentados a un espejo intemporal que se empeñaba cruelmente en mostrar meses ya remotos en el calendario pero no así en el alma.

“Es perfecta, perfecta” se dijo en su primera semana con Liis. Entonces apenas podía salir de su asombro ante su fortuna. El asombro duró poco, apenas dos semanas y luego se desató el infierno. El mismo que ahora Eisnar relataba y que desplegaba los mismos días, las mismas quemaduras en el corazón de Asdaén. Eisnar le habló de las palizas que Roena recibió de su anterior novio, de los chantajes, de las amenazas, de la obsesión y la paranoia. De como todo eso se vistió de normalidad para Roena y como después impuso ese mismo vestido a Eisnar. De como para ella Eisnar fue sólo unos días esperanza y el resto el temor de una amenaza constante, de la confirmación de sus temores. Eisnar habló de su enclaustramiento, de su impotencia, la frustración de no saber ayudar y del temor a ser honesto para no desatar la tormenta. Eisnar habló de un final tan triste como Asdaén se pudiera imaginar: el odio, el alejamiento y el olvido. Se hizo el silencio y sólo entonces Asdaén salió de su trance. Miró al cielo -había luna llena- y suspiró. Las palabras empezaron a brotar. Eisnar miró a Asdaén y comprendió. Cuando el segundo silencio llegó, ambos se despidieron. Asdaén se quedó pensando mientras iba a buscar su moto. El sonido del motor le hizo sentirse tan ligero…

Publicado en Relatos

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