La música nos envuelve en un eterno caminar con forma de danza. Respiremos entonces, no aire sino las notas de colores que, bailarinas, nos arrullan y convierten en vaivén de mar.
Sintamos que entre el suelo y nuestras suelas no hay más distancia que la de un suspiro. Puede que entonces nuestras manos se unan a las de otro danzar, que nuestros dedos se fundan en caderas ajenas. Convirtámoslas en propia y dejemos que nuestros cuerpos se tornen humo de colores y furiosos remolinos de aire saltarín. Sintamos entonces como, poco a poco, de dos alientos surge uno más olvidado de sí mismo y a la vez más luminoso.
(Berlín, 12 de septiembre de 2008)








Comentarios