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Isla y la encrucijada

Era un día perdido entre días. Isla, la niña querida del pueblo, recorría su pequeño mundo con unos pies diminutos, con un corazón grande, con una mirada de un azul infinito.

Isla notaba a cada paso el rozar rítmico de sus pies contra el suelo. Un pie, otro pie, un pie, otro pie… Ese latido subía por sus piernas y ascendía por su garganta para brotar en un manantial de flores. Isla traía la primavera al mundo con su sola presencia y todos la querían. Isla era la niña amada del pueblo.

Isla lanzaba notas de color al mundo y el viento se lanzaba entre su pelo para dibujar formas imposibles y danzar describiendo piruetas sobre su piel. Isla era la mañana del mundo y por eso todos la querían. Isla era la níña adorada del pueblo.

Isla llegó a una encrucijada y su pequeño mundo se nubló. Se llenó de niebla y de polvo del camino que le salpicaba la cara ahogando las notas de color de su garganta y las piruetas del aire juguetón. Isla miró a su alrededor y en su mundo estaba sola, hacía frío y el agua atravesaba su piel para arañarle los huesos. Isla añoró tanto a su pueblo…

Isla quiso descubrir cuál era el camino. Pero la encrucijada la asediaba con su mirada insidiosa y gritaba “¡decide!”. Isla no quiso mirar pero la encrucijada repetía “¡decide!” una y otra vez. Y el mundo se apagó. Isla tuvo miedo y quiso huir, pero a su espalda ya no había camino.

Isla lloró y recordó su pueblo, recordó las sonrisas de la gente, las miradas encendiéndose al verla pasar. Isla recordó el olor de primavera que envolvía sus pasos. Isla sonrió.

Isla descubrió que no había pueblo al que regresar. Su pueblo habitaba en su corazón y ella era siempre la niña querida, la niña amada, la niña adorada. Isla supo entonces que sus pasos sólo podían caminar los caminos correctos porque, allí donde estuviera su corazón, siempre encontraría su hogar.

Isla reanudó sus pasos. Un pie, otro pie, un pie, otro pie… Con su sonido despertó de nuevo el mundo. El sol dispersó a las nubes y los pies de Isla volvieron a crear ritmos que brotarían como notas de color de su garganta. Isla se rodeó de los árboles, se rodeó de los pájaros, se rodeó de sonrisas, del camino y del aire.

Isla dejó entonces de ser Isla y fue Mar, la niña adorada del mundo.

Publicado en Poesías Relatos

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