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Horas de vuelo

– ¿Cómo lo ves? – Le preguntó el instructor.
– Bien, bien- contestó con seguridad, revisando de nuevo el cuadro de mandos y vigilando la velocidad de descenso. Miró a su lado y vio que el instructor asentía impasible como siempre. Nunca sonreía y eso irritaba a Ramón más que cualquier crítica que le hubiera hecho en todas las horas de vuelo que ya llevaban juntos.

La pista de aterrizaje se acercaba lentamente, ligeramente difuminada por la humedad del invierno que se interponía entre la avioneta y la pista.

Ramón pensó en la noche anterior, en la extraña conversación que había mantenido con Nuria. Él estaba seguro de que tendría que haber insistido un poco más, de que la noche, a pesar de todo, había acabado demasiado pronto. Aunque, bien pensado, tratándose de Nuria decir que uno estaba seguro era exagerar. En cualquier caso, sí tenía toda la certeza que se puede tener ante una mujer tan desconcertante como ella, capaz de hacerte sentir el centro del mundo con su sonrisa y al instante siguiente desaparecer dejándote en el frío y la oscuridad. A fuerza de desplantes, Ramón había decidido que probablemente era mejor mantenerse lejos. Por lo menos de momento. “Además” pensó “la cerveza y la noche enturbian la cabeza y es mala cosa dejarse llevar por las hormonas. Luego vienen las complicaciones.”

Cuando levantó la vista notó los ojos del instructor clavados en su sién, siempre vigilantes como los de un guardián. Ramón volvió a revisar la posición de la avioneta respecto a la pista. Ya había sacado dos puntos de flap para compensar la mayor densidad del aire en invierno como le habían enseñado y todo parecía correcto.

– ¿Cómo lo ves?- Oyó de nuevo.
– Bien, lo entro seguro.
– Muy bien – respondió el instructor de nuevo mientras asentía.

Ramón se había ido acostumbrando a esas revisiones constantes. Al principio, siempre le habían hecho dudar. Entonces, recordaba que sonreía esperando del instructor una corrección o un consejo pero invariablemente él respondía con esa mirada dura y asentía como a cámara lenta con la cabeza.
Con el tiempo, Ramón se fue acostumbrando a la frialdad y al control constante. Al fin y al cabo, tal como el instructor había repetido varias veces, en el vuelo no hay margen a la inseguridad, es importante saber qué se estás haciendo y por qué. Hay que saber mantenerse frío y reaccionar a tiempo. “Esto no es como los exámenes del instituto”, le decía a menudo, “aquí un error o una duda suele pagarse mucho más caro que un suspenso”.

Volvió a verificar todo de nuevo y vio que todo estaba correcto. Sentía un peso en el estómago y le echó la culpa a la noche anterior. Se dijo que quizá debería darse una oportunidad con Nuria. Hacía mucho tiempo que no dejaba que nadie se acercara a él. No era eso. Quizá simplemente no era el momento. Todo acabaría llegando a su debido tiempo. La pista de aterrizaje se encontraba ya muy cerca, a poco menos de un par de kilómetros.

– ¿Todo bien?
– Sí, sí. Todo perfecto. Lo entro fácil.
– ¿Seguro?
– Sí, seguro.

Miró al revisor que asentía calladamente, con un aire ausente. Justo en ese instante, el tiempo empezó a pararse. El peso en el estómago se transformó en un vacío y vio que el mundo se difuminaba a su alrededor. Quiso mirar el cuadro de mandos y no pudo fijar su atención en ninguno de los instrumentos. Justo ahora cuando más necesitaba mantener la calma, todo estaba fallando. Lo único que venía a su mente era que cómo podía ser tan estúpido. No había salida y era demasiado tarde. Cómo era posible que el instructor no se hubiera dado cuenta. Pero era todo su propia culpa. Ahora era demasiado tarde, el suelo se acercaba vertiginosamente y la pista quedaba demasiado a la izquierda, demasiado a la izquierda y no había solución. ¡Dios, no había solución!

Los latidos parecían durar cada vez más aunque él sabía muy bien que su corazón se apresuraba tanto como él a la tierra. Se cubrió la cara con las manos y se preparó para el impacto. El instructor resopló, puso el motor a tope y tiró del timón hacia atrás mientras iba negando callada e impasiblemente con la cabeza.

Publicado en Relatos

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