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La cabaña del valle

Ezequiel vivía junto con sus tres hijos en una solitaria cabaña de madera. Su techo se levantaba estoicamente en un paraje rodeado de césped y piedras apenas interrumpida por una pequeña parcela de tierra de cultivo. Ezequiel recorría con gesto preocupado el margen de sus tierras, este año extrañamente secas y áridas. Ezequiel rezó para que lloviera.

Pasaron las semanas y Ezequiel se levantaba siempre con el sol y ocupaba sus días mirando el cielo en busca de una nube salvadora. Pero el sol brillaba cruelmente día tras día y el rostro de Ezequiel fue forjando una expresión cada vez más taciturna.

Sus hijos lo veían desde la distancia, como quien observa un espejismo, sin entender muy bien qué ocurría. Ezequiel empezó a dormir cada vez menos y dejó siquiera de entrar en la casa más que para comer algo fugazmente. Los días los pasaba agazapado bajo la sombra de un árbol cercano, las noches tendido sobre el césped cada vez más escaso.

Tras varias semanas, la comida empezó a escasear. Los niños habían dejado de jugar y apenas si salían de casa por temor a encontrarse con la dura mirada de su padre.

Un día Izcar, el más pequeño de los niños, abrió los ojos en medio de la noche y su mirada topó con una sombra con forma humana, tan oscura que parecía absorber la luz. Izcar quiso gritar pero una mano fría como el acero apagó su voz y su aliento.

Al día siguiente sus hermanos encontraron a Izcar tendido sobre el suelo, como una marioneta a la que hubieran cortado las cuerdas. Ezequiel se encargó de enterrarlo junto al árbol próximo. Los hermanos de Izcar derramaron apenas unas lágrimas. En los ojos de Ezequiel no encontraron más que el reflejo de la pala hundiéndose en la tierra. Después, Ezequiel se sentó por primera vez en semanas con sus dos hijos, Azrael y Dunimán, para compartir el pan.

Con el paso de los días, el hambre se convirtió en un fantasma cada vez más sólido. Azrael y Dunimán empezaron a estar cada vez más nerviosos. Discutían con facilidad, se culpaban mutuamente de su situación, maldecían a su padre por su inoperancia y se lamentaban sin cesar de su mala fortuna y de la imposibilidad de escapar de las montañas.

En una de estas discusiones, Azrael, loco de hambre, propinó un puñetazo a Dunimán. Dunimán le miró con cara de incredulidad y se abalanzó con furia sobre su hermano. Ambos se retorcieron en el suelo hasta que Azrael, acorralado, asió una pequeña azada y la clavó en la cabeza de su Dunimán. Sólo reaccionó cuando la mirada vidriosa de Dunimán le cayó encima como una maldición y la sangre de su hermano muerto empezó a gotear sobre su cara. Quiso sentirse horrorizado, arrepentido, pero el hambre llenaba todo su ser sin dejar un sólo resquicio para el sentimiento. Azrael se levantó y se encontró con la silueta de su padre en el dintel de la puerta. Sin una palabra, Ezequiel recogió el cuerpo de Dunimán y lo cargó a su hombro. Poco después Ezequiel y Azrael compartían de nuevo el pan juntos sobre la mesa.

Al poco tiempo, Azrael notó como el chillido impenitente del hambre le saludaba cada mañana y no dejaba de atravesarle la sién hasta que, al caer la noche caía rendido a la oscuridad. Pero una noche ya no tuvo fuerzas para cerrar los párpados y se encontró mirando al techo y maldiciendo a su padre. Él tenía la culpa de todo. Él era el responsable de su sufrimiento. Azrael se levantó y sigilosamente se hizo con un cuchillo. Miró por la ventana y vio a su padre inmóvil, tendido sobre el césped. Azrael aguardó conteniendo el aliento hasta que estuvo seguro que su padre dormía. Entonces se acercó despacio al bulto tendido en el suelo y la escasa luz de la luna menguante destelló en el acero levantado hacia la noche. Azrael no supo nada más. Sin entender cómo, sintió como su rostro se hundía en el suelo y una mano fría se llevaba el poco calor que quedaba en su garganta.

A la mañana siguiente, Ezequiel enterró a Azrael junto a su hermanos y lanzó la pala entre los matorrales. Nadie podría volver a utilizarla. Ezequiel miró a las pequeñas bayas de los arbustos cercanos. Las había visto hacía varios días pero entonces no consiguió que ni siquiera eso le importara. Se tendió en el suelo junto a la tumba de sus hijos y a la sombra del árbol cercano. Miró el cielo. No habría más ojos en su familia que se asomaran a él. Cerró los párpados y notó el frío de una nube viajera. Suspiró por última vez. Gotas de lluvia limpiaron su cara.

Publicado en Relatos

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